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Sociedad

Instalación de bolardos en San Miguel de Tucumán genera debate sobre su efectividad

julio 24, 2026
Bolardos instalados en una esquina de San Miguel de Tucumán

La colocación de alrededor de 700 bolardos en más de 110 esquinas de la capital tucumana abrió una discusión entre el municipio, vecinos y especialistas sobre su función y criterios de instalación.

San Miguel de Tucumán incorporó alrededor de 700 bolardos en más de 110 esquinas de los barrios Sur, Norte y otros sectores de la ciudad. La medida, según informó la Municipalidad, busca reforzar la seguridad de los peatones al impedir que los vehículos invadan las veredas o zonas peatonales.

Pedro Katz, experto en Vialidad e integrante de la Comisión de Vecinos de Barrio Sur, afirmó que los bolardos cumplen una función reconocida en el diseño urbano: evitar que los vehículos suban a las veredas, estacionen sobre ellas o invadan sectores peatonales. No obstante, señaló que “el problema aparece cuando se colocan sin criterio y terminan como obstáculos para las personas que deben circular por la vereda o bajar por una rampa”.

Katz explicó que una rampa debe garantizar un recorrido continuo y accesible, y que si inmediatamente después de la bajada se instala un bolardo, el paso puede quedar bloqueado para personas en silla de ruedas, adultos mayores, quienes utilizan bastones o quienes circulan con cochecitos.

Desde la Municipalidad sostuvieron que la colocación de los bolardos forma parte de un plan de accesibilidad que incluye reparación de veredas, construcción de rampas y demarcación de sendas peatonales. Según datos oficiales, el programa Veredas Sanas permitió reparar 651 veredas y construir 94 rampas dentro de las cuatro avenidas. El municipio aseguró que no recibió denuncias formales por la ubicación de estos elementos.

Los criterios internacionales indican que los bolardos deben instalarse sobre el borde de la acera, siguiendo el radio de giro de la esquina y dejando un espacio suficiente para el paso de peatones y sillas de ruedas. Las recomendaciones técnicas establecen una altura de entre 75 y 90 centímetros, un diámetro mínimo de 10 centímetros, superficies sin aristas y colores visibles, además de una separación de entre 90 centímetros y 1,50 metro para garantizar la accesibilidad. Cuando esos parámetros no se respetan o los bolardos invaden el recorrido de una rampa, los especialistas advierten que el elemento deja de cumplir su función protectora y puede transformarse en un obstáculo.

El arquitecto urbanista Gerardo Isas planteó que los bolardos son útiles en determinados contextos, pero no deberían reemplazar las políticas destinadas a reducir la velocidad de los vehículos. “El problema no debería resolverse con obstáculos para proteger al peatón de un posible choque, sino con medidas que obliguen a bajar la velocidad de circulación”, sostuvo. Para Isas, la prioridad debería ser un diseño urbano que desaliente el exceso de velocidad y reduzca la presencia de vehículos en el centro, antes que multiplicar barreras físicas.