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Sociedad

Análisis confirman contaminación fecal en el río Salí y especialistas advierten sobre la pérdida de biodiversidad

octubre 15, 2026
Vista del río Salí en Tucumán con aguas contaminadas y residuos en sus márgenes

Un informe de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres detectó concentraciones de coliformes fecales hasta 2.400 veces superiores a los límites permitidos en el sector del puente Barros. Investigadores y organizaciones ambientales señalaron que el deterioro del río comenzó hace décadas y se profundizó con la expansión urbana y los vertidos industriales sin tratamiento.

Los análisis realizados por la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc) sobre muestras obtenidas por un equipo técnico coordinado por el ingeniero Mario Amado, que trabaja junto al legislador José Seleme, evidenciaron un marcado deterioro de la calidad del agua del río Salí, particularmente por la presencia de contaminación de origen fecal. Los resultados indicaron concentraciones de coliformes fecales hasta 2.400 veces superiores a los límites permitidos en el sector del puente Barros.

La situación representa un riesgo ambiental y una preocupación sanitaria para las poblaciones que habitan en las inmediaciones del río, especialmente por la posibilidad de entrar en contacto con agua contaminada o consumir peces provenientes de sectores afectados.

Los antecedentes documentales muestran que el deterioro del Salí comenzó a manifestarse hace varias décadas y se profundizó con la expansión urbana, el crecimiento de la actividad industrial y las deficiencias en el tratamiento de los efluentes.

En 1996, durante el Primer Encuentro Argentino de Ecología y Medio Ambiente, realizado en Termas de Río Hondo, el ingeniero tucumano Antonio García ya había advertido sobre el impacto de la contaminación en el tramo del río que atraviesa el Área Metropolitana de Tucumán. García, quien entonces se desempeñaba como jefe del Departamento de Control Sanitario de la antigua Dirección Provincial de Obras Sanitarias (Dipos), presentó estudios sobre aproximadamente diez kilómetros del cauce, comprendidos entre los canales Norte y Sur. Sus investigaciones incluían mediciones de demanda bioquímica de oxígeno (DBO), oxígeno disuelto (OD) y pH. Los resultados ya mostraban un deterioro progresivo en uno de los sectores de mayor concentración poblacional de la provincia.

Entre las principales fuentes de contaminación identificadas entonces figuraban el canal Norte, que recibía efluentes cloacales de asentamientos y residuos industriales vinculados con la actividad citrícola; tres frigoríficos; los ingenios Concepción y San Juan; los canales Sur y San Cayetano; la planta depuradora de San Felipe y las descargas cloacales sin tratamiento provenientes de Banda del Río Salí.

Treinta años después, las nuevas mediciones revelaron que la contaminación continúa siendo un problema de gran magnitud, con valores particularmente elevados de bacterias asociadas a residuos fecales.

El contraste con el pasado resulta significativo. Fotografías conservadas en el archivo de LA GACETA muestran que durante las décadas de 1970 y principios de 1980 el río Salí era un lugar frecuentado por familias tucumanas durante el verano. Sus aguas eran utilizadas como balneario y constituían un espacio de pesca donde podían encontrarse numerosas especies, algunas de gran tamaño, que actualmente desaparecieron de ese tramo o dejaron de registrarse con la abundancia de entonces.

Sergio Pérez, presidente de la Federación de Organizaciones Ambientales de Tucumán, recordó que conoció el río a fines de los años setenta, cuando todavía conservaba gran parte de su biodiversidad.

“Conocí el río a fines de los años 70, cuando era un balneario cristalino y pescábamos hasta dorados, y estaba lleno de vida y de biodiversidad”, relató.

Según explicó, durante aquellos años existían restricciones vinculadas con la contaminación generada durante los períodos de mayor actividad de la industria azucarera, pero el cauce recuperaba condiciones favorables fuera de la época de zafra. Para Pérez, la degradación posterior estuvo relacionada principalmente con el aumento de los vertidos industriales sin controles suficientes y con la expansión de los asentamientos humanos.

El ambientalista también expresó preocupación por las personas que continúan pescando en sectores contaminados sin conocer los posibles riesgos sanitarios.

“Es triste ver que hoy la gente sigue pescando, sin saber los riesgos que corre. Se sacan peces hasta con la mano, porque son animales que se están muriendo y apenas nadan. Los pescadores dicen que son peces con olor a gasolina”, describió.

Sus observaciones reflejan la gravedad del deterioro ambiental denunciado por las organizaciones, aunque la aptitud sanitaria de los peces para el consumo requiere estudios específicos.

Pérez consideró que la recuperación del río solamente será posible mediante un acuerdo de trabajo entre autoridades, empresas, organizaciones sociales y especialistas, independientemente de las diferencias políticas.

El biólogo Martín Sirombra, integrante de la cátedra de Ecología de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán, coincidió en que el problema excede la contaminación del agua. Según explicó, el deterioro del río también provocó la pérdida de biodiversidad, la degradación de sus márgenes y un impacto negativo sobre el desarrollo urbano y turístico.

“Hemos perdido al río por la degradación ambiental”, afirmó, al recordar que durante décadas San Miguel de Tucumán creció sin integrar adecuadamente ese espacio natural a la planificación de la ciudad.

Sirombra vinculó esta situación con el proyecto legislativo denominado “Miremos al río”, que propone recuperar la relación de la población con el principal curso de agua provincial. El especialista sostuvo que existen investigaciones que documentan el deterioro de los organismos y comunidades biológicas del ecosistema fluvial. También advirtió que la imagen ambiental de los accesos a San Miguel de Tucumán perjudica las posibilidades de desarrollar una oferta turística atractiva. En particular, mencionó el ingreso a la ciudad desde el aeropuerto y desde la Ruta Nacional 9, donde la presencia de residuos, sectores degradados y falta de mantenimiento genera una impresión negativa entre los visitantes.

Para el biólogo, la recuperación del Salí no puede limitarse a plantar árboles o limpiar determinados sectores del cauce. Consideró necesario abordar las causas sociales y estructurales de la contaminación, entre ellas la existencia de asentamientos precarios, el crecimiento urbano sin planificación y las actividades industriales que generan residuos.

Sirombra sostuvo que la cuenca del Salí es la segunda más contaminada del país, después de la del Río de la Plata, aunque esa clasificación fue presentada como una apreciación del especialista y no acompañada por un ranking técnico en el informe. El investigador remarcó que la contaminación comienza mucho antes de que los residuos lleguen al río, por lo que las soluciones deben aplicarse en todo el sistema de canales, arroyos y desagües que desembocan en él. También recordó que numerosos países desarrollan programas de restauración de ríos, bosques y otros ecosistemas para revertir los daños ambientales y reducir sus consecuencias sobre la salud humana.

Desde una perspectiva social, la paisajista Alba Herrera, integrante de la organización Meta Tucumán, advirtió que la acumulación de residuos está relacionada tanto con las deficiencias de los servicios públicos como con hábitos profundamente arraigados. Herrera dirige un vivero dedicado a la reproducción y recuperación de árboles nativos de Las Yungas y, más recientemente, de especies características del este tucumano cuya presencia disminuyó. Durante el último año también colaboró con la Dirección de Arbolado de San Miguel de Tucumán y participó en intervenciones realizadas en barrios como Las Piedritas y La Costanera.

A partir de esa experiencia, sostuvo que la contaminación refleja una desconexión creciente entre la población y el ambiente.

“¿En qué momento naturalizamos tirar basura, quemar de todo y vivir en medio de los residuos? Nos perjudicamos a nosotros mismos”, cuestionó.

La ambientalista reconoció que existen sectores donde la falta de recolección domiciliaria obliga a los vecinos a buscar alternativas para desprenderse de sus desperdicios. Sin embargo, señaló que también se observan conductas contaminantes en barrios donde el servicio municipal está disponible. Como ejemplo mencionó asentamientos ubicados sobre la avenida Francisco de Aguirre, junto al canal Norte, donde algunos residentes arrojan residuos al cauce pese al paso de los camiones recolectores. Una situación similar, aseguró, se registra en determinados sectores de la avenida Jujuy, donde existen terrenos baldíos utilizados como basurales clandestinos.

Herrera vinculó estas prácticas con las dificultades sociales que atraviesan numerosas familias, para las cuales problemas como la inseguridad, el desempleo, las adicciones o la alimentación cotidiana desplazan las preocupaciones ambientales. No obstante, advirtió que la acumulación y quema de basura terminan perjudicando directamente a quienes viven en esos mismos espacios. La combustión de residuos, recordó, contamina el aire que respiran los vecinos, mientras que los desperdicios arrojados a la vía pública pueden terminar en los canales durante las lluvias. Para la paisajista, modificar estas conductas demandará años de trabajo y un compromiso inmediato de la población adulta, que considera responsable de impulsar los cambios.

La falta de avances sostenidos también fue señalada por Alejandro Gómez, representante de la organización civil Tucumanos en Acción. El dirigente explicó que su agrupación realizó un relevamiento fotográfico y audiovisual de distintos canales del área metropolitana en 2019, cuando registró importantes acumulaciones de residuos y signos de contaminación. En agosto de 2026, siete años después, sus integrantes regresaron a los mismos lugares para comparar las condiciones ambientales. Según Gómez, las nuevas imágenes mostraron que la situación prácticamente no había cambiado.

“Comprobamos que todo sigue igual”, afirmó.

El referente cuestionó que las intervenciones oficiales se concentren principalmente en operativos periódicos de limpieza, como los contemplados en el Plan Prelluvia, sin establecer mecanismos permanentes que eviten la acumulación de nuevos residuos. Aunque reconoció que esas tareas permiten retirar basura y mejorar temporalmente el funcionamiento de los canales, consideró que sus resultados son insuficientes mientras continúen las descargas clandestinas. Gómez también señaló que su organización presentó propuestas de sostenibilidad ambiental a distintas comunas, entre ellas Cebil Redondo, pero aseguró que no obtuvo respuestas.

El dirigente planteó que la recuperación de los cursos de agua podría generar beneficios que exceden la protección ambiental. Los ríos y canales, explicó, contribuyen a regular la temperatura urbana, favorecen la presencia de vegetación y pueden convertirse en espacios públicos utilizados para actividades recreativas. Además, sostuvo que los sectores próximos a cauces recuperados pueden aumentar su atractivo residencial y su valor inmobiliario. Como ejemplo mencionó la ciudad de Córdoba, donde algunos canales y espacios vinculados con La Cañada fueron incorporados al paisaje urbano mediante arbolado y áreas de circulación peatonal. En contraste, describió que numerosos canales tucumanos presentan márgenes deforestadas, acumulación de desperdicios y condiciones de inseguridad que desalientan el uso de los espacios públicos y perjudican a los barrios cercanos.

“Le damos la espalda al río, cuando todas las grandes ciudades crecen alrededor de los ríos”, manifestó.

Gómez consideró que la recuperación del Salí y de los canales metropolitanos requiere una estrategia conjunta que involucre a los gobiernos, las empresas, las organizaciones civiles y los vecinos.

Los especialistas coincidieron en que el deterioro del principal río tucumano no puede atribuirse a una única causa ni resolverse mediante intervenciones aisladas. Las descargas industriales, los efluentes cloacales sin tratamiento adecuado, la expansión urbana desordenada, la acumulación de basura y la pérdida de vegetación conforman un conjunto de problemas que afectan tanto la calidad del agua como las condiciones sanitarias de las poblaciones cercanas.

Los resultados de los análisis realizados en 2026, con concentraciones de coliformes fecales hasta 2.400 veces superiores a los límites permitidos en el sector del puente Barros, constituyen una nueva señal de advertencia sobre la necesidad de adoptar medidas de saneamiento. A tres décadas de las primeras alertas técnicas documentadas y después de siete años sin mejoras significativas en los sectores relevados por organizaciones civiles, la recuperación del río Salí continúa siendo una deuda ambiental de Tucumán. Para los especialistas consultados, revertir ese proceso exigirá controles efectivos sobre los vertidos, tratamiento de efluentes, políticas sostenidas de gestión de residuos, restauración de los ecosistemas y una planificación urbana que vuelva a integrar el río a la vida de la provincia.