El actor argentino Marcelo Subiotto presentó en el Festival de San Sebastián la película «Glaxo», de Benjamín Naishtat, y participó en los proyectos «Los justos», «Viajes y placeres» y «La cuestión criminal». En una entrevista, habló sobre sus personajes, la maldad en la actuación y el rol del arte en la sociedad.
El actor Marcelo Subiotto viajó a San Sebastián para acompañar a «Glaxo», la nueva película de Benjamín Naishtat que protagoniza junto a Lali Espósito, a la producción española «Los justos» y a los proyectos independientes argentinos «Viajes y placeres», de Mariano Luque, y «La cuestión criminal», de Matías Scarvaci. Hace tres años ese mismo festival lo galardonó con la Concha de Plata al mejor actor por «Puan».
Subiotto compuso a un ser turbio en «Pepita, la pistolera», ganó el premio al mejor actor de la Competencia Internacional del Festival de Cine de la Provincia de Buenos Aires por «Ramón Vázquez», terminó de rodar en Kenia la comedia española «Si los muertos hablaran» junto a Carmen Machi y Santiago Korovsky, y encarnó al abogado defensor del femicida Barreda en la película homónima dirigida por Daniela Goggi, junto a Luis Machín, Mercedes Morán y Carla Peterson.
En la entrevista, Subiotto se refirió a su personaje en «División Palermo»: «Hablamos mucho con Santi Korovsky y me había propuesto que mi personaje actuara manteniendo un verosímil en un tono distinto, más cercano al policial».
Sobre su papel como defensor de Barreda, explicó: «Con la directora Daniela Goggi decidimos no trabajar en un registro documental sino en uno ficcional, construirlo como un personaje que pareciera ser un tipo conservador, que el espectador lo viera funcionar y dijera: ‘Bueno, es alguien serio, con responsabilidad’, pensamos que tuviera la impronta de un integrante del Opus Dei. Pero por otro lado ese abogado, más allá de lo que transmite su imagen, en realidad es un tipo que sabe que va a sacar rédito de este juicio, le viene muy bien esta cuestión mediática y la aprovecha al máximo, es una persona con muy pocos escrúpulos. Lo armamos con una mezcla de distintos abogados de alto perfil y también de ciertos políticos, mejor no dar nombres…».
Consultado sobre la química con Luis Machín en la escena donde inventan el apodo «Conchita», Subiotto afirmó: «El cine se apoya en la construcción de los personajes, pero también hay un lenguaje técnico que contribuye a la actuación, cómo se ponga la cámara, desde dónde se va a contar la historia es fundamental. Nosotros siempre estuvimos muy atentos a esa forma de relatar una escena en cine, creo que Luis tiene una característica un poco obsesiva como la mía con respecto a la precisión del encuadre que vamos a trabajar, de cómo hacer la escena, del texto y del ritmo, así que laburé muy cómodo y concentrado con él porque más allá de la veracidad que pueda mostrar en la actuación, el lenguaje de la cámara define el relato y eso lo laburamos muy a conciencia».
Respecto al tono de comedia negra en la charla entre Barreda y su defensor, señaló: «Totalmente, es que Barreda de por sí tiene esa perversidad que obliga a que el abogado se pregunte: ‘¿Cómo defiendo a este psicópata?’ Porque el tipo manifiesta cómo mató a su familia con una naturalidad escalofriante. Mi personaje busca estrategias alternativas a raíz de que sabe que su defendido no va a cambiar su forma de expresarse, simplemente porque Barreda cree que lo que hizo está perfecto. Entonces, el defensor inventa atajos para maquillar un poco eso y montar la representación que va a hacer en el juicio. Por eso busca elementos todo el tiempo hasta llegar a la construcción del ‘conchita’ como adjetivo y como justificación de su accionar. Este tipo que interpreté es alguien desesperado por mostrarse como un abogado que consiguió instalar ese concepto del asesino como víctima de una humillación, más allá del resultado que tenga el juicio».
Sobre la atracción por actuar la maldad, Subiotto sostuvo: «Me parece que la maldad es una parte de lo humano, el costado que no queremos ver. Y cuando un actor trabaja sobre eso, por lo menos en mi caso, lo más interesante es investigar esos lugares sombríos que no registramos o que negamos, pero que existen en cada uno de nosotros. Según la construcción psíquica que tengamos, podremos reprimir esos impulsos y comportamientos, pero están ahí. Para un actor lo atractivo es justamente meterse en esos rincones que uno rechaza, pero que otros desarrollan de una manera natural, con una lógica por la cual incluso creen hacer el bien. Es apasionante indagar cómo estos personajes desarrollan esa lógica casi con la construcción de un sentido común, sin nombrarlo como el mal».
En relación con «La cuestión criminal», película de Matías Scarvaci en producción donde forma parte de un jurado paralelo en un juicio real, el actor indicó: «No puedo contar mucho más allá de que estuvo en la sección ‘Work in Progress’ del Festival de San Sebastián porque el proyecto está en proceso y todavía hay un trabajo pendiente en relación a varios aspectos. Yo suelo hacer este tipo de experiencias porque me interesa mucho explorar el cruce del documental con la ficción, donde, como en este caso, entro en un campo que es documental y actúo con gente que no está interpretando una ficción sino viviendo una realidad. Me parece que ahí hay un terreno de investigación súper interesante y tiene que ver con una apertura hacia lo desconocido. Se trata de estar atento y reaccionar a lo que sucede. Las circunstancias reales proponen mucho más que cualquier ficción. En su momento, el cine y el teatro estuvieron muy interesados en lo hiperreal, en trabajar con no actores, por ejemplo. Los experimentos como el de esta película son cruces de esos dos mundos, el real y el ficcional, pensaron: ‘Metamos un actor donde no hay actores y que se arremangue para trabajar en ese terreno’. Me gustó el desafío».
Consultado sobre si el espíritu independiente es inclaudicable, Subiotto respondió: «Estoy acostumbrado a trabajar contra la marea, me gusta, no lo voy a largar nunca y para mí ni siquiera es una cosa que esté en contradicción con el mainstream, por así llamarlo. Siempre pienso que en estos tiempos, por una cuestión de coyuntura política, de discusión con respecto a la industria del cine o del teatro y al apoyo que debería tener la cultura por parte del Estado, todas cuestiones fundamentales sin duda, a veces nos olvidamos de algo esencial que es el arte. Porque el arte te abre a narrativas diversas y tiene la función social de decir: ‘Te muestro cuarenta lentes de esto que vos todo el día ves con una sola’. No se trata de bajar línea sino de abrir un diálogo, de descubrir un matiz distinto, de proponerte un sonido que no conocés. Ya casi no tenemos dioses, imaginate qué nos queda sin el arte. La historia está atravesada por hombres comunes, por eso son importantes los relatos que hacen foco en la gente de a pie… no sea cosa que creamos que la cara de los hombres y de las mujeres es solo un filtro de Instagram».
Finalmente, sobre si en esta época se olvida de las personas, el actor dijo: «Un poco sí, a veces pienso que es una especie de nuevo Medioevo, en el sentido de lo absolutamente oscurantista. ¿Pero sabés qué? Hay algo diferente, tenemos memoria histórica y un montón de luchas que nos abren posibilidades de discusión con herramientas que te permiten pararte en la cancha para defender tu opinión. Ante esos avances de las extremas derechas en el mundo, siempre persiste la voz de la gente».